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08/06/2018

NOVELA EL ABAD

La Unión Internacional de Asociaciones de Delegados Médicos, UIADM,
es la Organización que integra a todos los Visitadores Médicos del mundo.
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Título: El Abad
Autor: Juan J. Grobas
N° Páginas: 380
Editorial: Altera 

Sinopsis 

Dos libros eclesiásticos comprados en una tienda de antigüedades ponen al descubierto varios asesinatos ocurridos en una Abadía del interior de Galicia, perteneciente a una de las congregaciones religiosas más influyentes de Europa. En el siglo XVII, el hermano Cotón, tras la muerte de su superior en extrañas circunstancias, es nombrado Abad. Desde ese mismo instante, la aplicación estricta de la Regla de San Benito marcará la precaria vida de los monjes. Los pecados son purgados con dolorosos y humillantes castigos, sumiendo a la comunidad en el miedo y la obediencia absoluta. Una novela histórica de intriga con un final sorprendente.

 

https://edicionesaltera.com/producto/el-abad/

https://www.amazon.es/El-Abad-Grobas-S%C3%A1nchez/dp/8416645981

https://www.casadellibro.com/libro-el-abad/9788416645985/6756375

https://www.elcorteingles.es/libros/A26866678-el-abad-9788416645985/

https://www.fnac.es/a3523912/El-abad

https://edicionesaltera.com/producto/el-abad/

 

Fragmento del Capítulo XI

1701 – La enfermería

……....…el muro trasero, sobre el que se asentaban la enfermería y la botica, permitía acceder a un jardín botánico en el que se cultivaba todo tipo de plantas con las que se realizaban un sinfín de pócimas que abastecían a la farmacia. Cada especie estaba plantada dentro de un gran macetero cuadrado de unos tres o cuatro metros de lado y en cada uno de ellos se podía ver una inscripción grabada en una pequeña piedra con el nombre de las plantas que contenía. Entre ellos un pequeño camino de unos cincuenta centímetros permitía el acceso a cada rincón del jardín.

Al Abad le pareció que era el momento propicio para valorar el funcionamiento y la actividad que se desarrollaba en aquellas estancias. Cuando entró en la botica, en su mano derecha llevaba la Aplicación de la Regla y marcada con un pequeño separador hecho de lino la página en la que estaba anotado el nombre del hermano Ezequiel rodeado de un círculo. Comenzó a caminar mirando a un lado y a otro. Pasó su mano por los estantes y se quedó observando los dedos, todo estaba pulcro y ordenado. Se paró delante de uno de ellos en el que había apilados varios frascos. De la boca de cada uno pendía una pequeña etiqueta con el nombre del remedio y su utilidad. Comenzó a leer:

Glucyrrhiza Glabra. Olor del cuerpo. Fatiga. Resfriado. Dientes. Dolor de estómago. Heridas. Dolor de garganta.

Oenothera Biennis. Dolor de cabeza.

Sambucus Nigra Vitex. Visión y tos.

Vitex Agnus-Castus. Pimienta del monje.

Zingiber Officinale. Dolor de muelas. Tos. Indigestión. Dolor de huesos.

Todo parecía en orden.

El Abad siguió leyendo los frascos, uno a uno. Le parecía impresionante ver cómo aquellos hombres eran capaces de distinguir cada una de las plantas, de elaborar remedios con ellas y aplicarlos en función de cada mal.

Trigonalla Foenumgraecum. Aumento de los pechos.

Se paró un instante y volvió a leerlo con detenimiento. «Aumento de los pechos». Le pudo la curiosidad y cogió el frasco para ver si en su parte trasera había algo más escrito. No había nada. «¿Qué es esto?», se preguntó desconcertado.

Detrás de aquel frasco de barro había otro de cristal lleno de monedas. Lo cogió en su mano y se aproximó a la mesa, lo vació y comenzó a contar. Había una buena cantidad de monedas de dos escudos, de cuatro reales y de medio real. Las recogió todas, volvió a introducirlas en el envase y lo colocó de nuevo en su sitio. Retiró algunos de los otros frascos y detrás de cada uno de ellos pudo ver que había otros similares. Salió precipitadamente de la botica y caminó directamente hacia la enfermería.

—¿Sabe dónde puedo encontrar al hermano Ezequiel? —preguntó a uno de los jóvenes novicios que en aquel momento se encontraba atendiendo a un campesino que, recostado en uno de los camastros, se quejaba lastimosamente.

—Creo que se encuentra en el botánico —respondió mientras se afanaba en poner paños de agua fría sobre la cabeza del enfermo.

—¿Qué le sucede a este hombre? —preguntó el Abad señalando al enfermo—. ¿Por qué se queja de esa manera?

—Estos días el sol calienta demasiado y por lo que se ve, ha estado trabajando sin ponerse nada en la cabeza y ahora tiene mucho calor en ella y le duele. Los paños fríos harán que se le baje la calentura y esperemos que mejore y deje de lamentarse.

—Un remedio muy natural. Nada de pócimas —dijo el Abad mientras comenzaba de nuevo a caminar hacia la salida.

—Y muy efectivo —replicó el novicio al tiempo que escurría de nuevo el paño tras meterlo en un caldero con agua del pozo.

Salió de la Abadía y caminó el trecho que lo separaba del jardín donde se cultivaban las plantas. Encontró al hermano Ezequiel agachado frente al semillero con la cabeza tapada. El intenso calor hacía que el sudor corriese por su cuerpo dejando su hábito con cercos más oscuros a la altura de las axilas, la barriga, la espalda y la capucha que le cubría la cabeza.

—No parece muy sano trabajar fuera con este calor —dijo el Abad mientras se aproximaba a él.

—Señor —respondió el monje incorporándose repentinamente—,¿qué le trae por aquí? —preguntó.

—He venido a charlar un rato con usted, pero veo que está muy ocupado —respondió el Abad mientras centraba su vista en las manos de aquel hombre. El color rojizo desentonaba con la extrema blancura del rostro que protegía bajo la capucha.

—Nada que no se pueda aplazar para otro momento —respondió el monje mientras dejaba en el suelo una pequeña pala de hierro y se secaba el sudor con la manga del hábito—. Usted dirá.

—¿No decía usted que el sol le dañaba la piel? —preguntó el Abad sorprendido con la presencia del monje en el jardín en aquel momento del día cuando el calor se hacía insoportable.

—Sí. Así es. He salido un instante para enterrar estas semillas —extendió su mano y se las mostró—, son muy delicadas y no puedo dejarlas mucho tiempo. Es el momento de plantarlas y hay que hacerlo.

El Abad se quedó mirando un instante el rostro del hermano. Le resultaba desagradable ver su cara y sus manos cubiertas por tonalidades blanquecinas cruzadas por tonos de un rojo intenso.

—He estado en la botica revisando los brebajes que preparan. Me ha parecido muy interesante ver los remedios que elaboran y las utilidades que les dan.

—Me alegra oírselo decir —sonrió el monje—. Son hierbas, raíces, plantas, hojas y alguna que otra corteza de árbol, solo eso. Cada una sirve para lo que sirve, solo hay que tener un poco de ojo con ellas, conocerlas y luego saber si están listas para recoger.

El secreto está en saber para qué sirve cada una y cómo elaborar el remedio.

—He visto que hay algunas —dudó un instante—, cuanto menos curiosas en cuanto a lo que son capaces de curar o de producir.

—Sí, la verdad es que tenemos un buen surtido de remedios y curas.

—¿Qué me dice de la Trigonalla Fumgraecum?

—¿Cómo dice? —preguntó Ezequiel intrigado.

—Sí, la Trigonalla Fumgraecum. Según la nota que tiene amarrada al frasco sirve para incrementar el tamaño de... —hizo un gesto con ambas manos señalando los pechos mientras esbozaba una leve sonrisa.

—Ah, sí, la Trigonella Foenumgraecum, es una variedad que cultivamos para eso —se ruborizó.

—Pero no acierto a entender para qué puede ser útil en la Abadía. Imagino que ningún hermano le habrá pedido ese remedio —volvió a poner sus dos manos delante de su pecho mientras el hermano Ezequiel se secaba nuevamente el sudor.

—Bueno, lo cierto es que no. No es un remedio para los monjes, pero sí para alguna de las campesinas del pueblo.

—No entiendo para qué les puede servir ese remedio a las mujeres del pueblo. Parece una cosa del diablo, y más bien poco natural.

—La solemos utilizar en las amas de cría —dijo tímidamente el monje.

El Abad lo miró perplejo.

—¿En las amas de cría? ¿Desde cuándo tratamos este tipo de asuntos en la enfermería? —volvió a preguntar el Abad. El monje no contestó—. No quisiera saber cuál es el sistema que utilizan para establecer cuando una mujer necesita tal remedio —volvió a señalar su pecho con ambas manos.

—Verá señor, nosotros simplemente se lo damos a aquella mujer que nos lo pide porque cree que lo necesita. Son pocas las que lo solicitan.

—¿No le parece un poco extraño que una mujer del pueblo, venga aquí y le pida a un hermano que le dé un ungüento para eso?

Mientras el Abad mantenía el mismo tono de voz, el monje comenzó a ponerse visiblemente nervioso.

—En realidad no son ellas las que vienen en persona. Una de las mujeres que ayuda en los partos es la que nos lo solicita.

—O sea, ustedes se la facilitan a una mujer del pueblo y ella a su vez se la vende a otras mujeres. ¿Es así? —dijo el Abad mientras miraba fijamente a los ojos del monje.

—Sí —se quedó mudo por un instante—, bueno podríamos decir que es así, más o menos —respondió titubeante.

—¿Cuánto cobra por cada ungüento que entrega a esa mujer? —preguntó de nuevo.

Ezequiel volvió a secarse el sudor. Comenzaba a sentirse incómodo con la insistencia del Abad.

—Nosotros, no cobramos.

—Si ustedes no lo hacen, ¿quién lo hace?

—Nadie —repuso el monje.

—El Señor dice: «no mentirás —dijo mientras sacaba tres monedas de dos escudos del bolsillo de su hábito—, porque el espíritu de la mentira y el fraude camina juntos».

—No entiendo, señor —el monje se quedó mirando fijamente las monedas.

—No hay mucho que entender —el tono de voz de Cotón comenzó a ser más inquisitivo—. Dice que no cobra cuando hace entrega de un remedio pero la realidad es que sí lo hace y guarda las monedas que le dan en otro tarro, y lo más preocupante es que lo esconde en un lugar ajeno a la vista. ¿Por qué cree usted que puede hacer tal cosa sin mi autorización? —el monje agachó la cabeza sin saber qué contestar—. Yo se lo diré: por avaricia, y por lo que veo no es el único pecado que se comente. En usted se junta también a la mentira, porque miente cuando dice que no cobra y peca de avaricia cuando guarda celosamente lo que recauda en lugar de entregármelo en beneficio de toda la comunidad —el monje no se atrevió a replicarle—. ¡Venga conmigo! —comenzó a caminar mientras Ezequiel lo seguía de cerca. Cuando llegaron a la botica, el Abad, colocó con suavidad sobre la mesa el libro que llevaba bajo el brazo y se aproximó a uno de los estantes. Se paró delante del frasco de la Trigonella Foenumgraecum, extendió la mano, lo cogió y se lo entregó al hermano Ezequiel—. ¿Tiene alguno más como este? —preguntó.

—No —respondió tímidamente el monje.

—¡Deshágase de él lo antes posible! —repuso el Abad al tiempo que recogía el frasco con las monedas que había tras él.

—¿Qué es esto? —preguntó Cotón mientras situaba el frasco a escasos centímetros de la cara del monje. Ezequiel permaneció de nuevo en silencio, observando tímidamente su contenido—. Imagino que no habrá aparecido aquí por algún raro milagro.

—No —respondió el monje.

—¿Cobraban un precio fijo o simplemente la voluntad? —preguntó el Abad volviendo a mirar fijamente a los ojos del hermano.

—La voluntad —la mirada inquisidora de Cotón y el nerviosismo del monje hizo que este clavase la vista en el suelo.

—¿Y qué pensaban hacer con este dinero? —preguntó pausadamente al tiempo que se aproximaba a la mesa, abría el frasco y volcaba su contenido sobre esta—. Por lo que veo llevan tiempo haciendo un buen negocio con el pueblo a mis espaldas. Comenzó a mover las monedas agrupándolas y amontonándolas según su valor.

—Era para entregar a los más pobres y desamparados, para los que pasan penurias y aliviar así sus necesidades más acuciantes. Pero créame que no se trata explícitamente de un cobro. Nosotros no cobramos nada a nadie.

—¿Entonces de que se trata? Porque en apariencia sí lo es.

—Es la voluntad de las personas a las que ayudamos —respondió el monje.

—¿Cobran ustedes la voluntad a los mismos a los que intentan ayudar? No parece muy razonable que un campesino deje monedas para ayudar a quien está en la misma situación de desamparo que él.

—No, señor. Lo cierto es que las cantidades que suelen dejar son mínimas —el nerviosismo del monje era cada vez más visible—. Nosotros no pedimos nada a cambio de ayudarles, pero si alguno de los que atendemos quiere dejar algo para otros más necesitados, lo aceptamos.

—Si es así y, como dice, son pocos los que tienen voluntad y cuando la tienen es ínfima —señaló el montón de monedas de mayor valor—, por lo que puedo ver esta práctica se lleva haciendo desde hace mucho, porque hace falta mucho tiempo para recaudar esta cantidad de monedas. Y esto me lleva a pensar que esta práctica también se realizaría cuando el hermano Nicanor era el responsable de la enfermería.

—No. El hermano Nicanor nada sabe de todo esto. Él no nos lo hubiese permitido sin antes haberlo consultado con usted —repuso el monje.

—Ya veo. No sé si lo dice para ocultar su culpa o porque es cierto —se aproximó a otro de los estantes y extendió su brazo intentando rebuscar detrás de otro de los brebajes—, pero aquí hay más —cogió los frascos—. Y a buen seguro que detrás de cada uno de los remedios encuentro monedas. ¿Quiere que siga buscando? —preguntó sarcástico—. Es posible que descubra que tenemos más frascos con monedas que de los que contienen remedios.

—Bueno, verá —el Abad no le dejó seguir.

—Creo que no es necesario que usted aclare nada. Esta no es una práctica reciente, es más, yo diría que llevan ustedes haciéndola desde hace mucho tiempo, por lo que intuyo que el hermano Nicanor sí tenía que estar al corriente de todo esto.

—El hermano no sabe nada de esto —replicó—, puede creerme.

—Créame que lo intento pero, visto lo visto, creerle a usted me resulta un tanto difícil.

—Le puedo asegurar que el hermano Nicanor no sabe nada de esto —respondió el monje.

—Está bien. Si usted dice que el hermano no sabe nada de esto, tendré que pensar que es así, pero —hizo una pequeña pausa mientras miraba detenidamente al monje—, algo tendré que hacer con usted —se aproximó a la mesa y cogió el libro que había depositado sobre ella. Pausadamente buscó el nombre del hermano Ezequiel—. Usted conoce la Regla cuando dice: «si hay que vender las obras de estos artesanos, procuren no cometer fraude aquellos que hayan de hacer la venta. Recuerden siempre a Ananías y Safira, no vaya a suceder que la muerte que aquellos padecieron en sus cuerpos, la sufran en sus almas ellos y todos los que cometieren algún fraude con los bienes de la Abadía. Al fijar los precios no se infiltre el vicio de la avaricia, antes véndase siempre un poco más barato que lo que puedan hacerlo los seglares», para que en todo nuestro hacer sea siempre con la intención de agradar a Dios y glorificarlo —dijo sin mirarlo.

—Sí. La conozco y entiendo lo que me dice —repuso el monje.

—Al igual que sabe que usted, y solo usted, es el responsable de que la botica y la enfermería funcionen de forma adecuada para el bien de toda la comunidad. Ese era su deber, pero en este caso, no ha sido así. ¿No lo cree Hermano? —Ezequiel no respondió, tan solo movió la cabeza en señal de afirmación—. Ahora, si no le importa, recoja todos los tarros que contengan monedas, sin dejar ni uno solo, y vacíelos todos sobre la mesa. Me gustaría que me fuese diciendo en voz alta el nombre de cada uno de ellos y para que se utilizan —dijo mientras comenzaba a leer, en el libro, el párrafoque había escrito delante del nombre del monje—. «¿Podría certificar que al viejo Abad no le sentaban bien los huevos?… Sí. Podría hacerlo» —cogió una pluma y, después de mojarla en tinta, comenzó a escribir: «Primera falta por avaricia, segunda falta por mentira». Se quedó pensando un instante, mientras oía cómo el hermano Ezequiel iba recitando el nombre de cada uno de los remedios, y volvió a escribir de nuevo al final del párrafo: «el fuego del infierno quemará sus impurezas» —el monje seguía sacando uno a uno todos los tarros. Cuando nombró la Vitex Agnus-Castus, el Abad hizo un gesto para que se detuviese—Deje que adivine. En ese tarro de cristal no hay ninguna moneda, ¿estoy en lo cierto?

—Sí, señor —dijo el monje con la voz entrecortada.

—Ve usted, esto lo confirma todo. Nadie, ningún hombre del pueblo, reclamaría un remedio para rebajar su hombría, porque este es el remedio que utilizamos para mantener a raya las bajas pasiones de los monjes y restarles vitalidad varonil, ¿no es así?

—Sí, este es —afirmó el monje.

—Y puede explicarme por qué de este remedio tenemos tantos frascos sin utilizar. ¿No es cierto que deberíamos de aplicarlo a toda la comunidad como mínimo dos veces a la semana? —cerró el libro de golpe y se aproximó al monje.

—El anterior Abad creía que con hacerlo una vez a la semana era suficiente —respondió Ezequiel.

—¡El viejo Abad ya no pinta nada aquí! Lo que él haya dicho en su momento carece de importancia ahora —dijo mientras cogía en su mano uno de los frascos de Vitex Agnus-Castus—. Espero no tener que volver a hablar de esto, y en cuanto a cobrar la voluntad por tratar a la gente del pueblo —se quedó pensativo durante un breve instante—, creo que lo mantendremos pero seré yo quien administre lo recaudado. Confeccionará un listado con el nombre de todos los remedios que producimos, el número de ellos que tenemos en la enfermería, a quién se le administra y cuál es la donación que realiza. Me lo entregará semanalmente junto con lo recaudado y no tengo que decirle que espero de usted la mayor de las diligencias y que los datos que me proporcione sean los correctos.

¡Prosiga! —hizo una seña al hermano para que continuase vaciando tarros—. Coloque todas las monedas como he hecho yo, en montones según su valor y cuando lo haya hecho dígame cual es el importe total de lo recaudado hasta la fecha —el Abad se quedó mirando la cantidad de dinero que había sobre la mesa y los frascos que aún quedaban por vaciar. Cogió un puñado de ellas y las dejó caer lentamente—. Sigo pensando que es mucho el tiempo que se necesita para acumular todo esto, ¿cuándo pensaban dárselo a los pobres?

—Lo entregamos cuando vemos que alguno de ellos lo necesita —respondió el monje.

—Pues viendo esto —señaló los montones de monedas—, me obliga a pensar que todo lo que hemos hablado hasta el momento y lo que usted me ha dicho es mentira porque, o bien en nuestra comunidad carecemos de pobres, o los campesinos son muy generosos, o lo cierto es que sí cobran por sus servicios. Imagino que no tendrá nada más que decirme, ¿me equivoco? —el monje se mantuvo de nuevo en silencio. No quería que nada de lo que pudiese decir empeorase su situación—. Bien, espero que no haya quedado nada escondido.

—No, señor. Todo está aquí.

—Antes me decía que es un buen conocedor de la Regla —lo miró detenidamente—y como tal también entenderá que cuando se comete una falta el pecado merece un castigo.

—Lo sé, señor —repuso el monje.

—Está bien, como veo que su pasión son las plantas y dedica tiempo al cuidado del huerto donde las cuida con mimo, creo que esto, más que un castigo, será un relajo para usted —el hermano Ezequiel se quedó mirándole con inquietud, esperando la decisión del Abad—. Durante una semana realizará el cuidado de las plantas, lo mismo que venía haciendo hasta ahora pero con el torso descubierto durante una hora, cuando el sol esté en toda su plenitud. Un castigo adecuado a su falta y que a buen seguro le resultará útil para su desempeño a la vez que le hará recapacitar sobre todo lo que ha hecho —sentenció el Abad.

—Pero señor —replicó el monje—, no puedo permanecer con la piel expuesta, porque eso me provocará quemaduras. Ya sabe que no puedo descubrirme cuando hace sol.

—Lo sé, pero también sé que ha cometido una falta muy grave y esta no se purificará si no se aplica un castigo acorde —lo volvió a mirar fijamente—. ¡Lo hará! Y pasada esa hora volverá a la enfermería para que lo curen con sus propias plantas. Usted las conoce bien y no tengo ninguna duda de que tendrá un remedio para su piel. Su pecado de avaricia y su facilidad para mentir quedarán purgados y este castigo le permitirá realizar un acto de contrición durante una hora diaria, lo que a buen seguro beneficiará enormemente a su alma —Ezequiel trago saliva. Era consciente de lo que supondría exponer su piel al sol, pero también que no cumplir el castigo impuesto lo condenaría a un sufrimiento aún peor. Tembló de temor—. Déjelo todo como está —dijo el Abad—. Lo urgente ahora no son las monedas, sino purificar el espíritu. Si le parece, iremos los dos juntos al huerto —le señaló la salida mientras cerraba su libro y lo situaba de nuevo bajo su brazo. El sol estaba en todo su apogeo y el calor era insoportable. Los dos hombres se adentraron lentamente en el jardín—. Desnude su torso y a trabajar —dijo el Abad mientras señalaba un enorme sauce que había próximo a donde se encontraban—, yo me quedaré por allí para intentar conocer algo más sobre sus plantas al tiempo que le hago compañía —el monje comenzó a desnudarse en silencio mientras el Abad se situaba bajo la sombre del frondoso árbol. Se¡ sentó sobre la hierba y respiró profundamente. El sol brillaba con intensidad en el cielo—. ¡Póngase a trabajar! —gritó el Abad—. Que el tiempo corre y no es bueno añadir la falta de desobediencia a las dos que ya tenemos. Eso no sería agradable a los ojos de Dios Nuestro Señor.

El monje se arrodilló frente a un grupo de pequeñas plantas y se puso a escarbar a su alrededor con la espalda y la cabeza expuestas directamente al sol. A los pocos minutos comenzó sentir el sudor de su piel y los rayos perforándola con extrema violencia. Notó cómo subía la temperatura de su cuerpo, provocándole al instante un intenso dolor de cabeza que se acrecentaba con cada minuto que pasaba. Una enorme fatiga se apoderó de su ser, los brazos comenzaron a pesarle y cada gesto se acompañaba del intenso dolor que le provocaba el roce de la piel contra su propia piel. El Abad lo miraba con suma atención. Era extremadamente blanco.

No había pasado media hora cuando ya eran visibles los primeros síntomas. La piel de la cabeza del monje y su espalda se volvió rojiza, se notaba inflamada y comenzaron a aparecer las primeras ampollas. En poco tiempo se podían apreciar zonas quemadas y una irritación considerable en cada uno de los pliegues expuestos al sol. El monje comenzó a respirar con dificultad. Volvió su rostro hacia el Abad.

—Señor, no puedo más —suplicó con lágrimas en los ojos.

Cotón permaneció en silencio mirándole, indiferente a su petición. Se santiguó y comenzó a rezar en voz baja—. Señor —no le dio tiempo a volver a suplicar. Apenas habían trascurrido una hora y su cuerpo cayó desplomado. La mayor parte de su piel presentaba un aspecto amoratado y su respiración apenas era perceptible. El Abad se levantó y caminó parsimoniosamente hacía donde permanecía el monje tumbado. Se paró frente a él. El color de la mayor parte de su piel había cambiado, la mezcla de tonos rosados con zonas quemadas coronadas por pústulas blanquecinas y la brillantez del sudor le pareció una visión poco agradable. Giró sobre sí mismo y caminó hacia la enfermería dejando tirado a monje en el huerto....

 

ALGUNAS RESEÑAS

 


 “¿Lee-mos?”
Sin duda el mejor libro que he leído en meses. ….Un libro que te sumerge y te traslada hasta la época, un libro que te hace odiar al malo y adorar al bueno, deseando que se haga justicia divina, nunca mejor dicho. Te hace ser testigo de las maldades del ser humano, a pesar de ser un "hombre de Dios", y de la bondad de muchos otros. Un libro que me hace recordar el libro "Los Pilares de la Tierra", solo que con unas cuantas páginas menos.

Os digo que el final es del todo inesperado, dejándote pensativo una vez acaba el libro, el cual no acaba hasta que literalmente lees la última frase, lo que te hace entenderlo todo desde el principio, haciéndote regresar sobre la historia una y otra vez. Libro que fácilmente se podría trasladar a la gran pantalla y que tendría probablemente la misma repercusión que "La Pasión de Cristo".

Recomendable al 100%, aunque con tramos de la historia muy duros de leer e inconcebibles para el lector 5/5 ✬✬✬✬✬

 


“La estantería de Yu”

Me he metido tanto en la lectura que he odiado al hermano Cotón he deseado que le devolvieran todo el mal que ha hecho, su final ha sido muy flojo para todo lo que se merecía. La ambientación está muy bien  construida al igual que la vida de los monjes y sus quehaceres, y los castigos típicos de la época. El final del libro me he quedado con la boca abierta

¿ALGUIEN ME PUEDE EXPLICAR, CÓMO, DÓNDE, POR QUÉ? Me refiero (últimas palabras del libro )

La verdad que el libro le doy un diez, ha conseguido mantenerme en vilo, no se me ha hecho pesado, cada capítulo tenía más chicha que el anterior, una historia eclesiástica con asesinatos,  avaricia, tensión, traición , lo tiene todo. Una lectura que apenas me duro 3 días, y se me hizo cortísima.  NECESITO UNA SEGUNDA PARTE.   OBLIGADO LEERSELA!!!

 


“Nanasreadings”

…Descubriremos el cariño que los monjes le dan a una recién nacida encontrada en la puerta, un Abad benévolo y amable, unos cuantos asesinatos, un monje maravilloso pero cobarde y un Abad tan estricto que llegan a temerlo todos los que le rodean.…El autor ha sabido crear un personaje magnífico en el Abad pues nunca pensé en odiar tanto a un personaje….
Reconozco que el libro me ha impresionado y que se va a llevar una nota muy alta.
Recomendado al 100% ánimo a leerlo y darle una calurosa bienvenida a nuestras estanterías como yo seguro que se la voy a dar.
PUNTUACIÓN : Le doy un 10/10 Magnífico libro que tendrá un sitio perfecto en mi estantería.

 


“sinfoniasdepapel”

La muerte del viejo Abad y el nombramiento de Cotón como su nuevo sucesor, producirá un cambio radical en la aplicación e interpretación de la Regla de San Benito. A partir de ese instante, la aplicación estricta y severa de la Regla resultará en tratos degradantes y castigos crueles y despiadados a los monjes de la congregación. Muchos de ellos jugarán sus cartas para poner remedio a la situación e intentar tener contacto con el exterior.
La verdad es que no he podido abandonar el libro en ningún momento, las páginas se sucedían y casi no era consciente.

 


"el_rincon_de_mis_libros".

....Llevaba tiempo con ganas de algo de histórica con intriga y al ver este libro me apeteció leerlo.
Esta lectura me ha encantado aún siendo dura.
...Observamos a través de la forma de ser del abad Cotón toda la maldad que puede esconder una persona para conseguir todo lo que se proponga.
Os recomiendo su lectura. Es una historia histórica, bastante dura, donde podemos observar tanto la maldad como la bondad del ser humano.

 


 

 

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